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El deseo de tener un hijo

Dar vida a un nuevo ser es el acto más sencillo y al mismo tiempo el más extraordinario que pueda existir. Desde siempre, los hombres y las mujeres han tenido hijos sin preguntarse necesariamente acerca del significado de este deseo. Y es que pese a ser algo natural, la maternidad no siempre es fácil de explicar cuando buscamos sus motivaciones conscientes o inconscientes.

Del deseo al proyecto compartido

El deseo de tener un hijo
© Jupiter

« A lo largo de mi vida he tenido varias historias de amor, pero desde que conocí a Pedro supe que quería tener un hijo. Fue así de sencillo». ¿El deseo de tener hijos es una prolongación natural de la pareja, o es algo innato e ineludible? En efecto, el primer encuentro suele ser decisivo. Muchas mujeres coinciden en decir que su deseo de ser madres surgió de repente, cuando conocieron al hombre al que vieron como futuro padre de sus hijos. Pero cuando el amor cimienta la pareja, el deseo de tener un hijo no sólo surge de la mujer, sino que suele ser un proyecto común que une a dos personas, en el que cada una de ellas alimenta su deseo en el del otro. Tener un hijo es una manera más intensa de vivir este amor y darle aún más fuerza, en un acto en el que la dimensión temporal adquiere todo su sentido.
El fruto de una decisión Hablar del deseo de tener un hijo significa antes que nada hablar de la fuerza del impulso universal que conduce a la procreación, independientemente de cada situación concreta. Sin embargo, hoy en día, gracias a los métodos anticonceptivos, es posible controlar este deseo —por lo menos aparentemente— e integrarlo en un «plan de vida» acorde a los ideales sociales y familiares de cada pareja. De este modo, el deseo se concreta en el momento que se considera más apropiado. Una pareja puede decidir tener hijos cuando el hombre haya encontrado un trabajo estable o después de haber comprado una casa juntos. También es posible que una mujer considere que ha llegado «el momento» cuando siente que ha alcanzado la madurez o el equilibrio necesarios en
su vida. Una vez existe este proyecto de concepción, la pareja puede tomar la decisión de abandonar el método anticonceptivo que esté usando (si es el caso) y empezar a hacer planes para su futura vida.

El componente inconsciente

En el deseo consciente suelen «filtrarse» aspectos inconscientes. A partir del momento en que una mujer decide tener un hijo, inevitablemente sus sueños y sus pensamientos giran en torno a una serie de imágenes.
El reencuentro con la propia infancia El hijo es una presencia soñada en el inconsciente de la mujer desde los primeros años de vida, mucho antes de que su cuerpo esté preparado fisiológicamente para ser madre.
La mujer adulta, que desde pequeña ya se veía como futura madre, sigue llevando en su interior la imagen de este hijo soñado en la infancia. «Ya de pequeña quería tener tres hijos, como mi madre. Incluso tengo la impresión de haber sido programada, ya que este deseo desapareció tras el nacimiento de mi primer hijo y desde entonces no he vuelto a sentirlo con la misma intensidad.» Las fantasías asociadas al deseo de tener un hijo tienen su origen en la infancia y suelen estar alimentadas por deseos ambiguos.
El deseo de ser madre nace del propio pasado, cuando se fue niña, que la mujer intenta recuperar a través de la maternidad.
La relación con los propios padres Para la mujer, el deseo de tener un hijo equivale al deseo de ser madre. Pero el cambio de la condición de hija a la de madre es complejo, pues en el momento en que surge el deseo de tener un hijo, la mujer suele replantearse los vínculos que la unen a sus padres. De este modo, deseará parecerse a su madre o, por el contrario, ser totalmente diferente a ella, y formar una familia parecida o diferente a la suya. Según el psicoanalista Serge Lebovici, «en la mujer, el deseo de ser madre se remonta a su infancia, a las fantasías que alimentaron la rivalidad con su propia madre, su odio y su envidia hacia los padres, además de sus propios conflictos edípicos.» La tirantez en las relaciones entre madre e hija, mezcla de admiración y de odio, que podría haberse olvidado en la edad adulta, suele reaparecer con fuerza cuando la mujer desea tener un hijo. Todos albergamos deseos inconscientes y contradictorios que pueden ser violentos e incluso terribles, pero no siempre somos conscientes de ellos pese a que determinan una parte de nuestras vidas. Estos deseos reaparecen de forma encubierta en momentos decisivos de la vida. El primer embarazo puede favorecer en la mujer una búsqueda de las actitudes que su madre tuvo hacia ella. Incluso se podría decir que la futura madre espera el relevo materno para poder ejercer a su vez como madre. En el fondo, el camino hacia la maternidad implica sentirse «autorizada» por la propia madre para ocupar un rol que hasta entonces era el suyo.

¿Cuándo quedaré embarazada?

El plazo medio que transcurre hasta la concepción de un hijo es de unos seis meses, pero esto sólo es un punto de referencia: algunas parejas conciben en el primer ciclo
menstrual, y otras tardan cerca de dos años. Esta espera no depende del método anticonceptivo utilizado hasta el momento, sino de una serie de factores como la suerte, la fertilidad propia y de la pareja, y la edad — en efecto, la fertilidad de la mujer disminuye a partir de los 30 años, y más a partir de los 35, con el consiguiente prolongamiento del período de espera.

El niño «imaginario»

El deseo de tener un hijo suele proyectarse en una representación imaginaria del niño o de la niña, del nombre que recibirá, de sus rasgos físicos. Desde el momento en que la mujer desea ser madre, atribuye una determinada realidad al bebé, de modo que éste ya existe antes de su concepción física; se trata del aspecto consciente del deseo.
Durante el embarazo, la futura madre proyecta sus sueños, sus deseos y sus ambiciones sociales y educativas en una especie de niño/a ideal y perfecto al que atribuye todas las cualidades: «mi hija será una gran pianista…», «mi hijo será deportista…». Esto es completamente normal y saludable, ya que esta imagen idealizada constituye la base sobre la cual crecerá el amor por el futuro hijo. Después del nacimiento, la sustitución del niño imaginario por el niño real puede ser difícil e incluso dolorosa. La madre puede sentirse decepcionada por haber tenido un niño y no la niña que deseaba, o por el aspecto físico del recién nacido, pero nada de esto significa que sea una «mala madre». La relación que se establece a partir del nacimiento, y que ya existía desde la concepción, será la que cree el vínculo afectivo mutuo.

Un deseo a veces ambiguo

Cuando una mujer espera un hijo, el aspecto fisiológico se sitúa entre el consciente y el inconsciente. El hecho de estar embarazada es la materialización del deseo inicial de tener un hijo, pero la realidad del embarazo (o de su interrupción) también depende de factores psíquicos. Pasar del deseo de tener un hijo a la maternidad no es tan sencillo.
¿Desear o querer? Desear no es lo mismo que querer, aunque sean nociones similares. Hoy en día hay una tendencia generalizada entre las mujeres a querer «programar» al máximo la maternidad. Sin embargo, esta determinación no se adapta necesariamente a la naturaleza: la concepción es un claro ejemplo de que la decisión no siempre va acompañada de un resultado inmediato. Muy pocas veces la afirmación «tendré un hijo cuando yo quiera» suele hacerse realidad. El embarazo puede llegar en el momento menos pensado, lo que significa que es imposible controlarlo absolutamente todo.
criar a un hijo El deseo del embarazo no siempre coincide con el deseo de tener un hijo. Una mujer puede desear ver crecer su vientre pero no necesariamente tener ganas de que nazca el hijo que lleva dentro. En este caso, el embarazo es una especie de prueba de que no es estéril: más que un verdadero deseo de ser madre, se trata de una necesidad física de sentirse mujer y de mostrarse como tal. De forma más general, el deseo de tener un
hijo puede venir a colmar deseos muy variados y profundos que en muchos casos no tienen nada que ver con las ganas de ser madre o de criar a un hijo; podría tratarse, por ejemplo, de una forma de asegurar la descendencia de la familia o incluso de pagar una especie de «deuda» moral hacia los propios padres. Sean cuales sean tus motivaciones más íntimas, con el embarazo empieza una nueva etapa de nueve meses durante los cuales podrás prepararte para ser madre.

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12/02/2010

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